Este artículo me parece muy interesante y me gustaría que ustedes lo leyeran. No, no esta escrito por alguien de La Nación, pero no por no salir en ese pasquín barato tiene menos validez, al contrario, esta repleto de actualidad y cosas que lo ponen a pensar a uno, les recomiendo a mis estimados antitroskos, la página Tribuna Democrática, escrita por la crema y nata intelectual de Costa Rica, y no por Julio Rodríguez o Eduardo Ulibarri.
Se ha puesto de moda hablar de seguridad ciudadana. La prensa exalta el tema y lo viste de amarillo chillón. Es lo esperable, ya que la histeria es buen negocio para estas corporaciones mediáticas que cuando no están ocupadas en maquillar a Arias o ponerle altavoces a lo que dicen los procónsules de Bush, andan a la caza de ganchos publicitarios que, de un solo jalón, vendan e idioticen. Bien sabemos que usufructúan del envilecimiento de la sociedad. Y, como no podía ser de otra, los políticos ponen cara ceremoniosa y escandalizada. Les gusta bailar al ritmo que impone el sonsonete mediático. Más aún cuando algunas de las divas de la política -de doña Mayi a don Johnny- han resultado víctimas de los hampones. Que, claro está, a nadie le importa si a doña Zoila le roban en su pulpería ¿Pero que le arrebaten un frasco de perfume francés a la diputada Del Vecchio o bajen de su súper chuzo al Ministro de Hacienda? Es hecho insoportable y refleja una cosa simplemente aberrante: lo igualados que se han vuelto los hampones.
Claro que esto es pura charanga, como, en general, charanga pura es lo que hablan las corporaciones mediáticas y que, como loritos, repiten los políticos oligarcas. Y como se trata de crear histeria, la cosa no se agota en reiterar que en materia de seguridad estamos en la calle, sino en persuadir -hasta el límite de la más rotunda estulticia- que todo se debe a los cacos son muy malos. Y como con tal perversidad quieren hacernos la vida imposible a la gente decente, la solución es una y solo una: endurecer las leyes y meterlos en la cárcel hasta que se pudran (se supone que lo de “decentes” incluye a los políticos oligarcas, frente a lo cual, y al menos de momento, conviene esbozar una sonrisa disimulada y condescendiente).
La charanga implica bulla pero no contenido. Y frente a eso estamos: un bullón sin contenido. El problema no es que los delincuentes sean malos. En general lo son en grado considerable, pero con seguridad no más que esos pillos de traje elegante y pelo engominado, que hablan bonito mientras hurtan todo un patrimonio histórico construido por generaciones enteras de hombres y mujeres costarricenses. Infinitamente más importante es constatar que la sociedad que nos toca en castigo vivir, posee una inmensa capacidad para crear enormes frustraciones; grandes cúmulos de insatisfacción y agresividad contenidas; ríos inmensos de desesperanza e incertidumbre frente a la vida y el futuro. Justo por ello esta sociedad es cada vez más insegura, y, cada día más, es terreno fértil para la delincuencia, el crimen y la violencia.
Pensemos en los jóvenes, en especial esos muchachos y muchachas de las barriadas populares. A lo sumo se les ofrece una educación de tercera así como trabajos precarios, mal pagados y sin ningún derecho laboral. En sus vecindarios pululan las ofertas de drogas y, por supuesto, no escasean sitios oscuros propicios para el amor furtivo y apresurado. Pero, en cambio, escasean parques y canchas y piscinas y jamás se presenta ocasión alguna para la danza o el teatro o la música. Esas cosas les están vedadas. La basura y las alcantarillas malolientes las sustituyen. Jóvenes sin esperanza son jóvenes que no tienen nada que agradecer a quienes, más viejos que ellos, han sido incapaces de heredarles un mundo amigable donde vivir. Así, el problema no es que estos chicos y chicas sean problemáticos y violentos. Es que, a decir verdad, no tienen ninguna buena razón para ser distintos de como son.
En general, este capitalismo neoliberal y especulativo es intrínsecamente violento y decadente. Hace tiempo perdió todo sentido de lo que significan palabras como moderación, sobriedad o prudencia. Su signo es el exceso y, en consecuencia, la obsesión. Obsesión por consumir y despilfarrar sin límites. Por ser ricos, tener y exhibir mucho y pavonearse como poderoso y humillar y maltratar al débil, al pobre o humilde. Es una sociedad enferma, dotada de un tremendo poder para, a su vez, enfermar a las personas. La cosa no es entonces que se “pierdan” los valores. Es que este es un sistema orientado compulsivamente hacia valores destructivos, o, si usted lo prefiere, antivalores: los de la competencia feroz; el consumismo desbordado; la erótica desenfrenada del poder; el tener y exhibir e imponerse. Es un sistema enemigo de la paz, de la convivencia asentada en la justicia y el respeto, del equilibrio con la naturaleza. Es una inmensa maquinaria de violencia y, por lo tanto, una matriz ubérrima gestora de crimen y delincuencia.
Ese es el tipo de razones más fundamentales por las que uno ha luchado contra esperpentos como el TLC. Porque este contiene y exacerba este poder de descomposición que la sociedad neoliberal carga consigo. Claro que la oligarquía-con La Nación y Arias a la cabeza- jamás admitirá que las cosas son justo así. Por ello montan este espectáculo histérico y amarillista alrededor del tema de la criminalidad.
Cierto que se necesita más y mejor policía y vigilancia. Pero debe admitirse que ello es tan solo un paliativo frente a un problema de raíces mucho más profundas. Y, a fin de cuentas, lo que la oligarquía propone no tiene un gramo de sensatez: construir muchas, muchas cárceles. Y llenarlas hasta el techo. Esto tendría un altísimo costo económico, pero sobre todo es pavorosa la idea de asumir como legítima y deseable una sociedad que se levanta sobre una tragedia humana de tales proporciones.
Luis Paulino Vargas Solís | 9 de Marzo 2008
http://www.tribunademocratica.com/



















